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Un resurgir de cenizas.

 A este paso, casi años.

Meses de la tormenta tan fuerte que cayó sobre la familia, volvía la calma y la paz interior.

Clotilde se sentía mejor que nunca, hago un repaso general de sus últimos movimientos después de tiempo sin dar señales. Se mudó con su pareja, como todos conocéis, el chico del tren. Se casó con el amor de su vida, con el que tiempo más tarde, tendría una hija preciosa, llamada Sandra, y otro pequeño, llamado Pablo. Ella consiguió seguir trabajando desde casa hasta que la cogieron para trabajar durante una temporada en una guardería, porque para eso, era educadora infantil, pero nunca dejó sus proyectos a parte porque para eso los empezó, y por supuesto, no tuvo ninguna duda, en empezar proyectos nuevos que le supusieran un reto personal y un disfrute que necesitaba.

Sí, es un descubrimiento que sepáis, que la chica de la que estamos hablando, es educadora infantil, una de las profesiones que más amor, más inversión emocional y más vocación necesita, la educación a mi parecer, es una de las cuestiones más importantes en esta vida, puesto que de ahí, se forja un carácter, unos principios y una ética tanto profesional como emocional.

La cuestión es que como ya sabéis, Clotilde no dejaba nunca de hacer cosas, pero su prioridad, eran su marido y sus dos preciosos hijos. No hacían más que crecer, a Clotilde le encantaba llegar a casa y encontrar a su marido con sus dos pequeñuelos.

Sandra siempre tendía a echarse encima de su papá mientras Pablo le cogía la carita a él y Álvaro le hacía muecas con la boca mientras tenía las manitas de Pablo en su carita. A la mami se le encogía el corazón cuando veía tanta ternura en una sola imagen, era la felicidad hecha realidad en un sólo momento al día.

El amor inunda nuestros corazones, y en estos momentos, hace falta, más que nunca.


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